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Malvinas  y el otro frente: los padres de los soldados

Malvinas y el otro frente: los padres de los soldados

La experiencia de un grupo de familiares de combatientes platenses fue volcada al finalizar el conflicto en uno de los primeros libros impresos sobre la guerra.

Nuestros hijos fueron enviados a una lucha que no eligieron, decidida por un gobierno que no eligieron, para la cual no estaban preparados”; puede leerse en el prólogo de El otro frente de la guerra. Los padres de las Malvinas, uno de los primeros libros sobre el conflicto con Gran Bretaña por las islas del Atlántico Sur escrito por el psiquiatra platense Dalmiro Bustos, cuyo hijo Fabián integró las tropas argentinas.

Apenas empezó la guerra Bustos y su esposa Elena Noseda armaron un grupo con padres de conscriptos llevados al teatro de operaciones. Su idea fue acompañarse y estar lo más informados posible de lo que ocurría en el teatro de operaciones. Todo aquel proceso terminó reflejado en el libro que, de algún modo, da cuenta de la forma en que los platenses transitamos aquel momento de la historia.

El trabajo recorre en primera persona los días desde que el autor se enteró del inicio de la guerra y el anuncio del traslado de su hijo Fabian, hasta la finalización de la contienda y los primeros momentos de la postguerra planteando los desafíos que deberían enfrentar no solo los padres sino la población en general para acoger nuevamente en su seno a los excombatientes. Más allá de las alternativas bélicas y los intercambios entre los soldados y sus padres, los nombres, lugares y situaciones relatadas reconstruyen el clima de época que vivió la ciudad en aquel momento.

Si bien el texto terminó de imprimirse en septiembre del 82 a través del sello platense Ramos Americana Editora, Bustos fechó el prólogo el 18 de julio de ese año. En agosto, con apenas días de diferencia vio la luz "Los chicos de la guerra", un texto que reúne entrevistas con ocho soldados realizado por Daniel Kon que resultó un verdadero boom editorial y sirvió de base para la recordada película homónima dirigida por Bebe Kamin. Fue el comienzo de una sucesión de trabajos que con diferentes perspectivas han abordado el tema durante los últimos cuarenta años.

El libro de Bustos reúne una serie de reflexiones y repasa la experiencia grupal de los padres, pero también da cuenta de las cartas de los soldados recibidas por los familiares que el autor compiló y que revelan distintas situaciones que ocurrían en el archipiélago y que adquieren un enorme valor documental.

Fabián, el hijo de Dalmiro y Elena, era clase 1967 y había hecho la conscripción en la Xma. Brigada de Infantería Mecanizada General Lavalle con asiento en La Plata y para abril de 1982 esperaba la baja. Esa dotación estaba a cargo del coronel Lleras. 

Después de meditar sobre la situación y charlar con algunos colegas compañeros de trabajo Dalmiro estaba seguro de que no apoyaba la decisión del gobierno militar y una de sus primeras reacciones fue pensar en irse de un país que mandaba chicos indefensos a una guerra.

El libro de Dalmiro Bustos fue uno de los primeros escritos sobre la Guerra de Malvinas.

Los padres no nos quedamos quietos y decidimos formar nuestro propio ejército para pelear en otro frente de la batalla. Era un ejército de paz para respaldar de alguna manera a nuestros hijos”, dice Bustos en diálogo con Begum. Y recuerda que, “en La Plata, donde vivíamos entonces, hubo una colaboración comunitaria maravillosa con mucho amor y sin importar quién era el otro. Aquello fue un hervidero de ayuda que nos hizo sentir acompañados y sostenidos de una manera enorme”.

Según su relato el 14 de abril, después de que uno de los padres que habían empezado a conectarse consiguió el dato, supieron que sus hijos partirían esa mañana hacia el Sur. Los efectivos de la Brigada participaron en la Malvinas, integrados con los del Regimiento de Infantería Nº 7 “Coronel Conde” de La Plata, que estaba situado donde actualmente funciona el Complejo Islas Malvinas. Así, junto a los portones del Regimiento 7 un suboficial le dijo “extraoficialmente” que los llevaban a la Isla Soledad.

Dalmiro estaba muy inquieto y preocupado. Sentía que algo tenía que hacer y hasta llegó a ofrecerse como médico voluntario. Pasaban los días y la angustia crecía. Una noche, a comienzos de mayo mientras conversaban en su dormitorio el matrimonio vislumbró la idea de conformar un grupo con los otros padres, con los que mantenía una frecuente comunicación telefónica para comentarse sobre la recepción de las primeras cartas que traían noticias de las islas y muchas veces mencionaban nombres de varios soldados.

“Hiboys”, fue la palabra que usó Fabián en su primera carta fechada el 15 de abril. El joven cuenta que por el momento se encontraba hospedado en un edificio del pueblo con “calefacción, baños y comida”. “Saben que Por Stanley es muy parecido a Ushuaia”, contó en aquel breve mensaje que concluyó así: “espero que con esto se queden tranquilos y sepan que estoy muy bien”.

PRIMER ENCUENTRO

Como en la familia Bustos eran hinchas de Estudiantes se les ocurrió pedir al club las instalaciones para reunirse con los otros padres. La respuesta fue inmediata y el domingo 9 de mayo, a las 10 se hizo el primer encuentro que fue convocado a través del diario El Día.

Pese a la lluvia y el frío, unas cincuenta personas, en su mayoría mujeres, acudieron a la cita.

-Buenos días. Citamos esta reunión sin saber bien para qué. Eso lo resolveremos entre todos. No tenemos un proyecto ni otra propuesta que no sea que ni mi mujer ni yo queremos sentirnos solos. Queremos intercambiar noticias, acompañarnos-, ensayó Dalmiro.

Instantáneamente supieron que todos los que allí estaban buscaban lo mismo.

A instancias de un ingeniero Jorge Vélez se decidió conformar una comisión. Además del propio Vélez, estaban Dalmiro Bustos, Elena Noseda, Hilda Lynn de Bruzzoni, Marta F. de Lago y el abogado Jorge Omar Quirino. El grupo eligió nombrarse como “Comisión del grupo de padres de soldados de las Malvinas” y definió sus objetivos: “ponerse al servicio de las autoridades; promover confraternidad y apoyo mutuo entre los familiares de los soldados; y solicitar información periódica. Asimismo se aclaró expresamente, que la iniciativa no tenía como finalidad la recaudación de fondos.

Desde entonces, los encuentros de padres se sucedieron todos los martes y viernes. Con el paso de los días el grupo fue creciendo y, según Bustos llegó a congregar a 700 familiares de soldados. Los resquemores iniciales fueron dando paso, poco a poco, a un clima de mayor confraternidad.

Uno de los padres que se acercó fue Ricardo Sagastume, un técnico de Radio Universidad que propuso interceder ante las autoridades de Radio Provincia para que los dejaran hacer una suerte de columna diaria con mensajes para los soldados ya que la señal de la radio llegaba hasta Malvinas. Así nació el programa “Buenas noches Malvinas, carta abierta al soldado argentino”. En esos envíos se leía todos los días una carta abierta dirigida a todos los combatientes, con comentarios que solían incluir temas de la vida cotidiana de La Plata.

La movida del Grupo de Padres de Soldados de Malvinas, generó rápidamente reacciones de apoyo en la ciudadanía. Después de las primeras reuniones el lugar cedido por Estudiantes quedó chico y les ofrecieron ir a la Escuela Nacional de Educación Técnica N° 1 Albert Thomas. Sin embargo, rápidamente las autoridades de la escuela pidieron interrumpir los encuentros al parecer por presiones del gobierno de facto por lo que todo debió trasladarse a la sede de la Sociedad Italiana.

Un día un equipo del noticiero de Canal 13 pidió filmar las alternativas de uno de los encuentros. Sin embargo, el material nunca salió al aire por decisión de sus directivos. Cuenta Bustos en su libro que una de las primeras iniciativas surgidas del colectivo fue ofrecerse ante las autoridades del correo para entregar a domicilio las cartas y telegramas provenientes de las islas. Las autoridades les permitieron ocupar un lugar en un mostrador donde instalaron un cartel que decía: “Si usted tiene un soldado en Malvinas, envíele su mensaje por Radio Provincia”. Por ahí viabilizaban también una gran cantidad de encomiendas con mercaderías dirigidas a los soldados, que se enviaban en forma gratuita. El volumen de trabajo era tal que obligó a sumar más voluntarios para cubrir un horario corrido de lunes a viernes y los sábados por la mañana. Llegaron a ofrecerse cientos de voluntarios. Entre ellos estaban Graciela Tettamanti, Mercedes Sal Gómez, Susana Habiague; Beatriz Aceto, María Clara Comadira e Hilda Romano. Bustos recuerda que en aquel momento la recepción de sus iniciativas era muy grande. Sintieron que todo el mundo quería ayudarlos en lo que necesitaran.

El Grupo de Padres de Soldados de Malvinas llegó a reunir en sus encuentros hasta 700 personas.

Por sugerencia de Marta Lago, Dalmiro Bustos comenzó a realizar charlas de orientación psicológica tomando los temas que iban apareciendo entre los participantes de las reuniones. Los miedos, la angustia, la depresión se habían precipitado con la llegada de la flota inglesa al escenario de la guerra y las noticias de los primeros enfrentamientos. El psiquiatra fue armando un guión para cada encuentro que luego volcó en el libro. En una de esas charlas Bustos habló sobre cómo enfrentar la depresión y propuso empezar por reconocer ese sentimiento.

Cada encuentro servía para poner en común las novedades que traían las cartas remitidas desde las islas por los combatientes. A medida que pasaban los días, esas misivas tenían como denominador común: expresaban la preocupación por la escasez de comida. Muchos padres buscaban por sus medios información sobre lo que estaba pasando y esto hacía que al llevarlas a las reuniones se advirtieran datos contradictorios lo que los los obligó a aprender a manejarse con las versiones y los rumores para intentar evitar confusiones y mayor sufrimiento.

El 4 de junio Bustos planteó la necesidad de estar preparados “para lo peor”. Por esos días la mayor esperanza de muchos de los padres era la versión de que se producirían relevos en el teatro de operaciones. Era una idea transmitida en muchas de las cartas de los soldados. Desde el grupo se escribió una nota dirigida al general Oscar Jofré, comandante a cargo de la defensa de Malvinas con copias a distintas autoridades en las que plantearon el tema de los relevos así como la necesidad de optimizar los cuidados médicos y la distribución de alimentos.

Para el psiquiatra era importante tener en cuenta el nivel de presión que soportaban sus hijos puestos en la escena bélica sin preparación alguna y cómo esta situación iba a repercutir en ellos en el resto de su vida. Ya en ese momento pensaba en montar un servicio de profesionales para ayudarlos en el proceso de readaptación. “Cuando los muchachos ya no tengan que apretar los dientes y aguantar, van a aflojar y nos van a tener que encontrar dispuestos a no pedirles cordura ni conductas razonables. Las crisis de miedo y angustia o de excitación serán posibles y eso será lo más normal del mundo, la locura estaría en que esto no ocurriera”, escribió. En esa misma semana introdujo el tópico de los posibles problemas de salud que los chicos podrían acarrear a su regreso: desde cuadros de desnutrición, problemas bronquiales, hepáticos, gástricos, entre otros.

No obstante, el miedo mayor del grupo lejos de desplazarse seguía siendo, principalmente y según puntualiza Bustos, el pavor de que sus hijos no volvieran de la guerra.

RENDICIÓN Y DESPUÉS

Desde el 11 de junio de 1982, cuando se anunció la capitulación de las tropas argentinas, los padres comenzaron a reunirse todos los días. Las noticias del alto el fuego trajeron alivio pero también frustración. Bustos redactó la última de las cartas emitidas por Radio Provincia. Decía que fue emitida el 14 de junio:

“¡Hola muchachos! Hoy es una carta muy especial. No le vamos a explicar a ustedes porque lo es. El viernes les dijimos cómo nos sentimos orgullosos del comportamiento que muestran. Y hoy se lo reafirmamos. Durante estos duros dos meses fueron ustedes los que trataron de darnos ánimo, de infundirnos fuerza, de esconder el frío o el hambre detrás de una broma. Crecieron de golpe para enfrentar la adversidad y aprender en poco tiempo lo que a otros nos lleva una vida.

También nosotros hemos hecho nuestra parte y también mostramos nuestro temple. Cualquiera de sus padres hubiéramos querido cambiar puesto con ustedes pero al no poder hacerlo no nos quedamos quietos y lamentándonos. Como ya les dijimos muchas veces, nos agrupamos en un pequeño ejército de paz. Y también aprendimos mucho. Y ganamos mucho. Personalmente ganamos amigos entrañables, de esos que son para siempre. En otro orden de cosas, la gran batalla que ustedes ganaron fue la de enseñarnos a diferenciar amigos de enemigos, desenmascararon a falsos líderes, mostraron las fallas de las instituciones y de falsos tratados. Y nos obligaron a mirar al gran pueblo latinoamericano, que nos ayudó en las buenas y en las malas, que peleó a nuestro lado, nos dijo presente y compartió nuestra angustia.

Esa batalla queridos muchachos, no les quepa duda, la ganaron ustedes.

Ahora nos toca a todos defender lo conquistado, volver a la lucha diaria en el trabajo, en las escuelas o en casa. Engrandecidos por lo aprendido, descubriéndonos a nosotros mismos.

Hijos: en esta noche crucial para nuestro destino sientan nuestra mano entre las suyas, la mano que los acompaña desde siempre, pero hoy confundida con la de todos los padres argentinos. Esos padres que unen su voz a la mía para decirles que los esperamos para estrecharlos en un fortísimo abrazo.

Buenas noches muchachos.”

En ese momento se sumó al grupo una figura que resultaría clave: José Néstor Romano, jefe de Comunicaciones de YPF. Romano se ocupó de rastrear datos sobre la suerte de los soldados. Desde ese momento en la tónica de las reuniones volvió a imponerse la búsqueda de información. Los combatientes argentinos se hallaban en calidad de prisioneros y se demoraría al menos dos semanas para que se permitiera su traslado al continente.

Los padres supieron el mecanismo con que los militares informarían sobre la suerte de heridos, fallecidos y desaparecidos: la novedad llegaría desde la Central del Estado Mayor Conjunto a la unidad de revista por cablegrama y un uniformado debía ir personalmente a comunicar la situación a cada familia. Estas diligencias fueron hechas en su mayoría durante la semana siguiente a la rendición.

En su libro, Bustos plantea que los padres de los combatientes encontraron una gran solidaridad y acompañamiento de la comunidad platense.

El desenlace de la guerra incrementó el nerviosismo y la participación en el grupo de padres desde donde se ofrecieron vehicuos para ir a buscar a los soldados.

Uno de los primeros nombres de caídos que fue confirmado fue el de Pedro Vojkovic. Su novia, llamada Cristina asistía a las reuniones pero la familia de Pedro no tenía su dirección. Elena fue quien le dio la noticia. Fueron momentos muy difíciles donde se corría el riesgo de violar la intimidad de las familias y el debido respeto al dolor.

Fueron horas afiebradas. La clave de entonces era saber liberar la presión acumulada y ese batido de sentimientos que conjugaban alegría, ansiedad, temor, pena por los chicos que no volvían.

Mediante un comunicado difundido por la prensa, los padres reclamaron a la comunidad ayuda para “mantener esta espera con un respetuoso recogimiento. Pedimos que se evite la música estridente y la algarabía. No importa la posición ideológica que cada uno haya tenido respecto a esta guerra. Sepan que nuestros hijos defendieron una posición, que no se les permitió alternativas y que los que tendremos la fortuna enorme de saber que pronto regresarán los esperamos orgullosos. Porque sin elegir su destino, se comportaron dignamente, nos infundieron coraje, nos atenuaron la espera con cartas plenas de humor y valentía. De esas conductas nace un orgullo, como lo tendríamos si los hubiéramos visto comportarse valerosamente frente a un terremoto. Y esto no quiere decir adherir a la existencia de un terremoto”, se indicó, apelando a una elipsis que evitó señalar directamente a la dictadura.

El domingo 20 de junio se celebraba el Día del Padre. Dalmiro se hizo un té y le calentó un café a Elena, como era su costumbre. Al abrir el diario La Nación su mujer quedó estupefacta. Fabián aparecía sosteniendo una taza en una foto de los soldados a bordo del buque hospital Camberra.

REGRESO Y REINSERCIÓN

¿Vienen? ¿No vienen? Esa fue la pregunta que signó la mañana del lunes 21 de junio de 1982. Los trascenddos indicaban que desde hacía dos días los soldados se hallaban en la Escuela Lemos de Campo de Mayo. Uno de los testimonios de los jóvenes recabados por el grupo de padres e identificado solo por las iniciales M. Q., indicó: “nos recibió la banda, nos llevaron a un hall o gimnasio y nos habló el Jefe de la Escuela, nos dijo que estaba orgulloso de nosotros y esas cosas. Que no era una guerra perdida sino sólo una batalla”.

En La Plata, las veredas circundantes al Regimiento 7 habían sido acordonadas. Nadie sabía el horario ni el lugar donde se produciría el arribo. Fueron largas horas de espera. Junto con otros padres fueron al Camino Centenario donde poco antes de las 19 vieron pasar los micros del Ejército a toda velocidad y comenzaron a perseguirlos.

Bustos cuenta que la ansiedad era tal que los padres llegaron a la Brigada antes que los colectivos. “Me largo del auto, corro, grito: ‘Dónde está Fabían Bustos?!’ Un chico me contesta: en el segundo micro! Me largo y lo veo. No me podía contener, lloraba y reía al mismo tiempo, me salía sólo un grito: ‘¡Hijo!’”. “Lo abracé y lloré mis dos meses de espera. Todas mis promesas de no sobrecargalo con mis lágrimas se fueron al diablo, solo sabía que al tocarlo comprobaba que estaba vivo, que las palabras no me servían”, relata el profesional.

Entonces se vivió un momento muy tenso. Un oficial adelantó a algunos padres que los soldados debían permanecer en el cuartel. Los ánimos se exaltaron y los padres improvisaron un planteo ante el coronel Lleras: "Si los chicos no salen, nos quedamos nosotros con ellos". Finalmente los dejaron salir. Aquel día, por primera vez, en la casa de los Bustos, Elena colgó la bandera Argentina en la ventana. En el comedor Fabían contó ante decenas de personas anécdotas que repetiría una y otra vez durante estas cuatro décadas. Ya de madrugada el joven cayó rendido en la cama de su cuarto.

La siguiente tarea fue salir a reclutar médicos, odontólogos, psicólogos que pudieran hacer una revisión integral de los ex combatientes. La respuesta, cuenta Bustos, fue extraordinaria. Se pusieron a disposición desde el decano de la Facultad de Medicina y las asociaciones de médicos, psicólogos, asistentes sociales, escribanos hasta el propio gobernador de facto, Jorge Aguado. “Nadie quedó afuera, nadie quedó insensible. El pueblo argentino nos hizo saber que allí estaba activamente solidario”, escribe Bustos.

El martes 22 se reiniciaron las reuniones del grupo de padres. La primera moción fue priorizar que hablaran los que aún no tenían noticias de sus hijos. Los desaparecidos de Malvinas. Nadie conocía su paradero ni tampoco había testigos que acreditaran su muerte. Muchos padres aportaron las medallas de sus hijos que no tenían grabado el número identificatorio que permitiría identificar su cadáver.

"Los padres no nos quedamos quietos y decidimos formar nuestro propio ejercito para pelear en otro frente de la batalla", dice Dalmiro Bustos.

Los comentarios de los ex combatientes comenzaron a delinear las falencias y penurias vividas en el campo de batalla. El diario Gaceta publicó una entrevista a Bustos en la que éste se preguntaba desde el título: “A quiénes entregamos nuestros hijos”.

Luego de la revisión médica se confeccionó un informe detallado sobre el estado en que volvieron los combatientes.Allí se consignó. entre otros puntos, el adelgazamiento que variaba de 6 a 15 kilos; piorrea de las trincheras, afección en las encías por deficiencias de higiene y alimentación sumadas a una constante exposición al frío y la humedad; problemas bronquiales y dermatológicos; anemia y alteraciones hepáticas. Desde el punto de vista del impacto psicológico se observó la existencia de fobias y pesadillas nocturnas así como ciertas regresiones, reacciones violentas y estados depresivos.

Frente a ello, el grupo propuso una batería de acciones para llevar adelante y ayudar a la reinserción social. Ante todo se comprometieron a “difundir la verdad, sin eufemismos” y, para ello, contribuir a una profunda investigación sobre todo lo ocurrido. Al mismo tiempo, se planteó genera bolsas de trabajo y apoyo en el terreno educativo para facilitar la terminación del secundario y el ingreso a la facultad. Por último se promovió el reclamo para que se reciban “remuneraciones adecuadas, pensiones y compensaciones dignas para los heridos y familiares de los muertos”.

LAS CARTAS

Durante los 74 días que duró la guerra los padres compartieron las cartas que sus hijos enviaban desde Malvinas. De hecho Bustos, compiló en uno de los capítulos del libro pasajes de varias de esas misivas, incluidas las de Fabián, el único que aparece identificado.

A través de aquellos mensajes Fabian contó que permanecía en Puerto Argentino asignado a trabajar en el correo junto a “tres civiles argentinos y tres kelpers”.

El 27 de abril escribió:  “Anoche me enteré del desembarco inglés en las Georgias del Sur. Parece que les costó un huevo y la mitad del otro. Se comentó aquí que si desembarcan en las islas los hacemos pelota”.

El 7 de junio puso: “Cómo verán estamos preparados para recibir a nuestros invitados ingleses que en estos últimos días han tirado cañonazos a rolete y se piensa que vendrán en esta semana”. Dos días más tarde remitió una carta escrita a máquina con membrete de la reina de Inglaterra. Allí pedía que avisaran al resto de los padres que dejaran de enviar encomiendas ya que en ese momento no era algo necesario. Aquella fue la última carta que llegó a la casa de los Bustos el 14 de junio.

Al publicar las cartas de otros soldados Bustos tuvo la precaución de resguardar su identidad y sólo colocó nombres de pila o iniciales. El 4 de mayo J. escribió: “El primer ataque les salió medio mal porque le bajamos como 14 aviones. De eso no pasó, así que por ahora quédense tranquilos”. El joven comentó que dormían “en refugios cavados en la tierra con techo y todos los chiches”, también aclaró: “hambre no estoy pasando”. La mención de los “pozos” en que se resguardaban aparece en las cartas y en algunos casos con detalladas descripciones. También se observa en la mayoría de esos textos el buen ánimo de los soldados y una constante apelación al humor.

“Nunca he perdido la serenidad. Pero les aseguro que de noche cuando estamos durmiendo y nos despiertan los cañonazos y las bombas pienso mil cosas en un segundo”, relató S. R en una misiva fechada el 17 de mayo. Y agregó: “el 14 de mayo nos llevaron al Casino de oficiales, que está en un cuartel que antes ocupaban los Royal Marines ingleses. Me dí una buena ducha calentita (hacía un mes que no me bañaba)”. Al día siguiente el mismo soldado contó: “Como andamos todo el día al aire libre y trabajamos mucho, tengo un hambre de lobos. Como 2 o 3 platos al mediodía y otros tantos a la noche. La comida es un poco mejor que la del Regimiento, puede ser porque casi todo es donación. Pero a veces pasan varios días que no hay carne, ni pan, ni fruta. Pero gracias a Dios, nunca faltó comida”.

“En la madrugada del 1° nos levantaron y dieron alerta roja, o sea ataque aéreo, todo comenzó alrededor de las 8 horas con un bombardeo fulminante al aeropuerto. Allí le dieron al tanque de combustible. Hubo varios heridos, pero eran de aeronáutica. A las 2 de la mañana del domingo 2 hubo otro bombardeo de los barcos a la zona nuestra, a unos 3 a 6 kmts. de distancia. Después equivocadamente y por error del piloto, le tiramos a un Mirage nuestro y dimos en el blanco con los antiaéreos. Por suerte el piloto se salvó”, M. Q. (17 de mayo).

“Papá: yo sé que en este mes se cumple una fecha muy importante en e seno familiar y esa feha es el día del Padre. Te juro, papi, que me dan muchas ganas de llorar al ver que en ese día no puedo estar con vos, con ustedes, reunido en torno a la mesa” M. Q. (11 de junio).

“Es una vergüenza las cosas que hizo el Ejercito argentino en las Malvinas. Hace dos días que estoy prisionero en un lugar de las Islas que no sé cual es pero estén seguros de que recibimos buen trato, pues nos atienden demasiado bien. Estuve 4 días casi sin comer y sin dormir, pero gracias al cielo me estoy recuperando… Lamento muchísimo no poder poner Su hijo Néstor que regresa victorioso pero ya saben más o menos cómo se definió la situación. Es doloroso y triste decirlo pero en un momento determinado del combate pensé en ustedes y supuse que estarían más contentos teniendo un hijo vivo que un héroe muerto”. Néstor 14 de junio.

Los padres convivieron durante todo el desarrollo de la guerra con el pavor de no saber si volverían a ver a sus hijos.

Además de las cartas, Bustos seleccionó cinco testimonios de una serie que invitó a hacer a soldados con la consigna de relatar libremente “el momento más marcante” de todo lo vivido durante la guerra.

En esos relatos hay reconstrucciones de los últimos enfrentamientos y el repliegue en el que resultan comunes los señalamientos por el desorden que invadió a las tropas argentinas en ese tramo final de la guerra y el enojo por haber sufrido carencias y asistido a distintos tipos de destratos y atropellos de parte de los superiores. Esos testimonios conservan la frescura de la espontaneidad.

“Es indudable que la óptica frente al conflicto varía aquí fundamentalmente. El nivel de compromiso es mayor y no es fácil que quienes estábamos en esa posición nos dejáramos arrastrar por triunfalismos. El peligro que corrían nuestros hijos, la certeza de las noticias que provenían de sus cartas, donde nos contaban del frío, del hambre, en fin, de la realidad, nos ponía a cubierto de la propaganda que durante dos meses desorientó al pueblo argentino”, dice Bustos a Begum.

El psiquiatra, que ha recibido numerosos reconocimientos y este año fue declarado junto a su esposa como personalidades destacadas por el Concejo Deliberante platense, subraya que aquellos “chicos de la guerra” maduraron a través de una experiencia traumática que incluyó penurias físicas y psicológicas con sus consecuentes secuelas. En ese sentido ya en el libro se advertía sobre los problemas de reinserción y la necesidad de revisar lo ocurrido: “Son diez mil soldados que vieron muchas cosas”, se sostiene en el trabajo; y recuerda que la celeridad con que fue publicado se debió a su decisión de que el trabajo fuera publicado mientras los militares estuvieran en el poder.  “Lo básico era contar lo que habíamos vivido una experiencia tan acelerada y difícil, repasar lo vivido y ponerlo a disposición de la gente para que quedara ese registro de memoria”, concluye.

El libro de Bustos sirvió de base al documental Buenas Noches Malvinas dirigido por Ana Fraile y Lucas Scavino y estrenado en 2020. En tanto, un proyecto impulsaría una reedición del texto por parte de la Universidad Nacional de La Plata.

¿QUÉ ES BEGUM?

Begum es un segmento periodístico de calidad de 0221 que busca recuperar historias, mitos y personajes de La Plata y toda la región. El nombre se desprende de la novela de Julio Verne “Los quinientos millones de la Begum”. Según la historia, la Begum era una princesa hindú cuya fortuna sirvió a uno de sus herederos para diseñar una ciudad ideal. La leyenda indica que parte de los rasgos de esa urbe de ficción sirvieron para concebir la traza de La Plata.