Ascenso hacia la torre: crónica de una de las visitas más populares de América | 0221
Ascenso hacia la torre: crónica de una de las visitas más populares de América

Ascenso hacia la torre: crónica de una de las visitas más populares de América

La gran afluencia de público tras la pandemia posicionan al templo neogótico como uno de los preferidos por su arquitectura. Sus tesoros no pasan de moda.

Las campanas suenan. Los que arriban a la Catedral de La Plata y frenan en seco mientras suben por las escalinatas, inevitablemente sienten una ridícula finitud frente a la cumbre hacia el cielo. No falta quien al llegar a sus puertas exprese un ligero cansancio, atrapado en la mirada desafiante de las gárgolas y las cincuenta estatuas religiosas hechas en símil piedra que miden más de tres metros de altura. O bien cierta fantasía de ser tocado por la gloria, sin por eso ser creyente. Hay micros que estacionan en la vereda de Plaza Moreno, y un contingente de personas se agolpa en la entrada principal. Al entrar, un silencio gélido se impone entre selfies, susurros y el eco de los pasos sobre el piso pulido que resuenan en la majestuosidad de las naves mientras unos rayos de luz entran por las ventanas del templo, muchos de ellos vitrales hechos en Francia y Alemania. Pero existe, a un costado, otra entrada.  

Es una mañana de invierno, neblinosa, y el olor a café de la confitería se expande por la entrada del Museo de la Catedral, donde una señora atiende a los visitantes y cobra la entrada. “Fueron nueve meses de encierro por la pandemia. Ahora, en vacaciones de inverno, fuimos recuperando el ritmo con una gran afluencia de público. Vienen mucho de Brasil y Chile. Y en agosto esperamos a los norteamericanos y los europeos, ya que empiezan las vacaciones allá”, dice con una sonrisa expectante, mientras una fila de familias espera su turno en la vorágine más terrenal: una mujer reta a sus hijos que pelean entre sí, un hombre pregunta sobre si puede filmar en el trayecto. Son pocos, de todos modos, los que hablan. La ostentación que se respira en el ambiente produce una calma reverencial y muda, sólo interrumpida por los cantos gregorianos que se escuchan desde unos parlantes

La entrada, que incluye un recorrido por el Museo y un paseo por ascensor hasta buena parte de la cima de la torre de Jesús, cuesta 450 pesos para argentinos y 700 para extranjeros, y la visita puede hacerse todos los días de 10 a 19. En el Museo, además, hay exposiciones de arte que se reemplazan cada dos meses: en el final del pasillo se exhibe la de Agustín Viñas, artista platense, llamada “Hiperrealismo”. Hay varios guías que, de entrada, explican lo básico: que estamos en el centro de la ciudad y que, con casi sus 112 metros de altura, la Catedral es el punto más alto de la urbe. “¡Mirá, se ve el río!”, le comenta una señora a su marido, con los ojos puestos en la máquina de binoculares en el primer punto de parada del ascensor, a 42 metros del suelo. El ascensorista se lamenta del clima nublado por no poder apreciar el conjunto sensorial de colores y perspectivas. Durante el día, con el cielo despejado, la panorámica suele alcanzar la vista del fósforo de la destilería en Ensenada y el Río de La Plata como un manto gris, recortado en el fondo. Al atardecer es una de las vistas más buscadas, con los destellos del sol alumbrando el horizonte. 

Uno de los tesoros ocultos es el carrillón de la Torre de María, donde suenan 70 melodías diferentes que van de Bach a Los Beatles

La Catedral, en efecto, mira hacia el Río de la Plata alineada en una línea fundacional de edificios junto al Palacio Municipal, la Casa de Gobierno, el Teatro Argentino y la Legislatura. La Plata había sido pensada como una ciudad portuaria: cuando ideó la Catedral, el arquitecto Pedro Benoit -junto a Ernesto Meyer- se imaginaba que el templo mayor pudiera verse desde el palo mayor de los buques de ultramar desde el Río de la Plata. Ciudad del futuro, la “Atenas” de América que con su inconfundible sesgo masón se levantó de la nada misma en apenas cuatro años, tenía su propio templo neogótico de ladrillos a la vista, “la Colorada”, como la llamaron después. Los muros de ladrillo revocados en símil piedra, y que la distinguen de sus modelos de referencia como las catedrales de Colonia, Alemania, y de la de Notre Dame en París. “Los cimientos no hubieran aguantado si hubiera sido revestida de piedra por fuera, como había sido diseñada originalmente. Los turistas europeos se maravillan porque no hay en el mundo catedrales góticas con ese estilo báltico de ladrillos a la vista”, apunta Adela Juárez, directora del Museo.

Los guías no dejan de sorprenderse de que los platenses no conozcan demasiado sobre el emblemático templo neogótico, uno de los más grandes de Sudamérica. Muchos turistas, que provienen del conurbano bonaerense y de otras provincias como Córdoba, desconocen que sigue batiendo récords. Siendo seis metros más alta que la Basílica de Luján, además es la de mayor altura de Argentina, pero sobretodo la más espaciosa con sus 120 metros de largo por 76 metros de ancho. El nombre de la Catedral de La Plata está inscripto en los mármoles del piso de la Basílica de San Pedro, desde 1994, cuando fue reconocida por el Vaticano como una de las veinte catedrales más importantes del mundo. “La construcción abarca más de un siglo, siendo una obra que se fue armando con el tiempo”, se explica desde una aplicación del celular que en carácter de audio guía es otra de las formas de vivir el recorrido. Si bien en uno de sus últimos actos al frente de la Gobernación Dardo Rocha plantó la piedra fundacional de la Catedral en abril de 1884, todo arrancó formalmente en marzo del año siguiente cuando se aprobó oficialmente el dictamen en sede de gobierno provincial sobre la ejecución de la obra. Así, en 1898, Monseñor Mariano Espinosa impulsó las obras, que comenzaron años después con los primeros muros perimetrales complementándose las bases para las columnas.

Fue un largo periplo de marchas y contramarchas. Se la inauguró en 1932 con la primera misa en el marco de los 50 años de la fundación de La Plata, pero sin poder ser completada. La razón fue que los cimientos originales eran incapaces de soportar las torres previstas en el diseño del templo. Ese temor arquitectónico demoró por décadas la puesta final de la obra, que se concentró mayormente en el  interior de la iglesia. En 1940 ocurrió un hecho paradigmático: se trasladaron los restos de Dardo Rocha y su esposa a la cripta instalada en el subsuelo. Así permaneció inconclusa hasta que en la década del ´90 se iniciaron las tareas de refuerzo de cimiento y recuperación de estructuras bajo la bendición del Papa Juan Pablo II, como si fuera un resguardo supremo.  

Uno de los momentos más recordados de su historia fue en 1999, cuando miles de platenses aprovecharon el feriado -la ciudad cumplía 117 años- para copar Plaza Moreno y festejar su flamante gran orgullo: la catedral terminaba de construirse después de más de un siglo. Se cree que cerca de 150 mil personas coparon la plaza y fueron testigos de la instalación de dos de las tres torres -la otra, que ocupa el centro del edificio, ya había sido construida-, que se colocaron como agujas de fe mirando el cielo. 

Ante propios y extraños, aquél 19 de noviembre el templo lució por primera vez las dos monumentales torres laterales -con un peso de 2000 toneladas cada una, por lo que se necesitó una gigantesca logística para trasladarlas- que Pedro Benoit había proyectado en su gesta fundacional: esas atalayas que pensó para ser vistas por los inmigrantes que llegaban a la soñada América. La obra, a la vez, barría con el mito que asolaba a los platenses: que su elegante estructura neogótica no estaba preparada para soportar un gramo más. Y también las remodelaciones incluyeron sensores para controlar la seguridad, un novedoso sistema de guías de turismo electrónico y un carillón computarizado. 

La Catedral hoy se respira, se siente, se escucha, se toca -aunque pocos se apoyan en sus paredes, ante el celo de los carteles-. Uno de los tesoros ocultos, en rigor, es el carrillón de la Torre de María, donde suenan 70 melodías diferentes que van de Bach a Los Beatles, activado no por ningún Quasimodo sino por un sofisticado sistema tecnológico. El 13 de mayo de 2013, cuando se conoció que Jorge Bergoglio se convertía en el Papa Francisco, fueron ejecutadas 25 campanadas al unísono. “Las 25 campanas del carillón pesan 20 toneladas y cada una está afinada en una determinada nota de la escala musical”, se cuenta en la aplicación del audio guía. 

Esteban Casas, arquitecto y miembro de la Fundación Catedral, cuenta que la campana más antigua está fechada en 1901 bajo el nombre de Juana Arana de Rocha, madre del fundador de La Plata. Hoy se exhibe en el Museo Eclesiástico junto a diferentes piezas de la primera capilla que tuvo el templo. A su vez, la más grande está dedicada al Papa Juan Pablo II con una altura de 1,72 cm. Y pesa 3.400 kilos. 

De forma imprevista Casas fue uno de los que el año pasado encontró los planos fundacionales de la Catedral, que permanecieron escondidos en una habitación del subsuelo. Allí encontró más de 400 planos, 800 fotos y una gran cantidad de documentos escritos vinculados a la construcción del edificio en papel, tela y papel vegetal. Entre los documentos fundacionales está el de 1882, cuando Pedro Benoit definió el sitio para emplazarla en su proyecto y ejecución. Todo parece por descubrirse aún en la Catedral, con sus misterios y secretos durmiendo por décadas en los laberintos de la colosal arquitectura.

“La Catedral es la ciudad misma. Cada visitante que viene a La Plata pasa por aquí, y cualquier platense se identifica con ella. Y el trazado de la ciudad tiene su centro estratégico en la Plaza Moreno, donde están la Municipalidad y la Catedral. Todos los años, para el 19 de noviembre, es el punto máximo de convocatoria, tanto como en la visita de la piedra fundacional y la cripta de Dardo Rocha en el subsuelo”, apunta Casas, quien se entusiasma con la gran afluencia desde el retorno a la presencialidad. 

Destaca que en su interior, con los pilares de piedra maciza, tiene una capacidad para 14 mil personas y cualquier persona puede pedir turno para un casamiento. Suele estar a tope en Semana Santa, Navidad, Corpus Christi y el Tedeum de una fiesta patriótica. Casas señala particularmente los sutiles trabajos de madera, como la sillería del coro de canónigos y el trono arzobispal, tanto como los cuatro confesionarios de las naves centrales. La altura más importante en el interior es la nave central de 50 metros, que coincide con el altar. Y los visitantes se maravillan cuando observan las cuatro tallas de Leo Moroder, ebanista de origen tirolés: el Cristo crucificado, la Inmaculada Concepción, San José con el niño Jesús y San Ponciano. 

“Los que construyeron la Catedral eran todos inmigrantes. Ya desde un comienzo se contrató albañiles y picapedreros para el trabajo de labrado en piedra. Fueron una gran cantidad de obreros de diferentes oficios, como los que construyeron las bóvedas bajas en cemento armado o la colocación de los vitrales traídos de afuera como también el piso de granito del templo. En su mayoría eran italianos y españoles, como el caso del constructor León Valli, proveniente de un pueblo ubicado en la frontera con Suiza. Él ya practicaba esa labor en su ciudad de origen”, explica el arquitecto Casas.

No hay datos oficiales, pero en comparación con otros templos religiosos de América, y por la constante afluencia de visitantes extranjeros, se cree que la Catedral ocupa un podio en las visitas religiosas más populares del continente. Adela Juárez precisa que es la quinta más alta, superada por las de Maringá (Brasil), Riverside (Nueva York), Basílica del Voto Nacional (Quito) y la de Manizales (Colombia). Una señora se enjuga las lágrimas al terminar el recorrido del Museo. “Hace mucho tiempo que quería venir, es una pena que no me acompañe mi marido. Se fue con el Señor en la pandemia”, cuenta luego, y dice que vive en Berazategui.

Los que construyeron la Catedral eran todos inmigrantes. Ya desde un comienzo se contrató albañiles y picapedreros para el trabajo de labrado en piedra. Fueron una gran cantidad de obreros de diferentes oficios.

Sede de la Cátedra del Arzobispo, centro de difusión de la Liturgia y la Vida Pastoral de la Arquidiócesis, “la Catedral de las pampas” es también objeto de asombro por su serie de imágenes, ornamentos, tímpanos y vitrales. Cada visitante, y sobre todo los más pequeños, siente una mezcla de fascinación y pavor por las figuras: todas las imágenes están descalzas porque pisan lugar sagrado, como el Ángel del Señor, el Rey Mago de América y Poncio Pilatos y San Miguel Arcángel. La cantidad de información que dan los guías no alcanza a completar la línea de tiempo que arranca a fines del siglo XIX y se completa en la última década del XX: tal vez se necesiten varios días para salir del encandilamiento visual y apropiarse de la historia. Hay quienes se quedan absortos ante el Rosetón y entonces se aprovecha a contar que fue realizado en los mismos talleres de la Catedral.

“Tiene una superficie de 180 metros cuadrados, compuesto por cerca de 25.000 vidrios que están agrupados en 262 paños, todos ellos pintados, horneados y unidos con plomo. En este conjunto se representa la Jerusalén Celestial, secuencia fundamental del Apocalipsis”, cuenta Adela, y también se habla de que las campanas fueron fabricadas en Italia por la firma De Poli, fundada en el siglo XV en Vittorio Veneto de acuerdo a las técnicas tradicionales de fundición del bronce. 

Por tierra y por altura, la Catedral parece nunca decepcionar al visitante, que a cada rincón graba compulsivamente con su celular. La visita por ascensor, inaugurada oficialmente en la Semana Santa de 2002, tiene una segunda parada: el mirador a 63 metros. “¿No se puede subir más?”, pregunta un turista, ansioso por conocer el punto más encumbrado. Pero hasta allí llega el paseo: el consuelo es apoyarse sobre los vidrios que forman una barrera de protección y mirar por los costados cómo la ciudad se mueve desde la cima religiosa. Una sensación que queda encapsulada entre el sofisticado sistema de seguridad, capaz de captar los movimientos de la estructura identificando micrométricamente cualquier variación por acción sísmica o del viento.

No siempre estuvo impecable y reluciente. Los guías recuerdan cómo primó el descuido por décadas, y que antes de la instalación de las dos torres se colocaron 250 pilotes de hormigón encamisados en acero, extendidos hasta 17 metros bajo tierra. “Pero sin nunca alterar el estilo ojival que para Benoit reflejaba el sentimiento religioso exaltado hasta lo sublime”, aclara uno de ellos. 

Al salir a la calle, el aire fresco es el retorno de lo telúrico y la sensación de finitud vuelve a recorrer los cuerpos, como aquella que sintió Rocambole, cuando bajo licencia artística incendió el emblemático templo neogótico en la contratapa de Oktubre, en una herejía poética que tal vez fue una de las tantas reacciones ante la imponencia brutal de lo sagrado.