Almacén San José, la esquina de La Plata donde detuvieron a Mercedes Sosa | 0221
Almacén San José, la esquina de La Plata donde detuvieron a Mercedes Sosa

Almacén San José, la esquina de La Plata donde detuvieron a Mercedes Sosa

Junto a cientos de personas, la cantante folklórica fue demorada en una razzia espectacular. Crónica de una forzada despedida en La Plata rumbo al exilio.

El 2 de febrero de 1979 Mercedes Sosa partía al exilio. Estaba desolada. Había muerto su marido, Pocho Mazzitelli, y huía de un país atenazado por la represión y el terrorismo. La esperaba un cansado peregrinar por ciudades europeas, una tristeza profundizada por la soledad y el alcohol. La acumulación de elogios de la prensa global no alcanzaba a suturar las heridas. El prestigio poco servía. Vivía en un limbo, sin patria, con pocos afectos. Sentía nostalgia, empezó a escuchar tango. En París se juntaba con Horacio Molina y pasaba madrugadas hablando de Gardel y de Maurice Chevallier, cantando. No sabía cuándo podría emprender el regreso: todavía tenía frescas las imágenes de una noche traumática, brutal, humillante, que fue la que finalmente la expulsó del país.

Húmeda, pringosa, esa noche fue la del 21 de octubre de 1978 en el Almacén San José de la ciudad de La Plata. Ubicada en Diagonal 74 y 3, la casona funcionaba como un faro en la noche: era un sitio de arte y resistencia. La de aquella primavera fue una jornada que puede tomarse como una foto de la bestialidad de la época. Fue, también, una manifestación de cómo La Plata –ciudad universitaria, con una escala más humana que la de Buenos Aires- se había convertido en una trampa para militantes y luchadores sociales. Como dice Rocambole, “La Plata  siempre fue una ciudad concentradamente ideologizada. Desde 1968 operaba en las facultades la CNU (Concentración Nacional Universitaria), una fuerza de choque de la derecha peronista. Todos podíamos caer”.

Y todos cayeron: aquella noche terminó con los espectadores y artistas presos. Las más de 300 personas que atiborraron El Almacén fueron trasladadas a la Comisaria Segunda, en 38 entre 7 y 8. El minucioso operativo había comenzado a ejecutarse en horas de la tarde. Seis miembros de la policía vestidos de civil fueron a decirle a una de las dueñas del boliche, Cristina Dorato, que se quedarían durante el concierto de la tucumana.

-“¿Para qué?”, preguntó Cristina sin ingenuidad, sabiendo perfectamente las verdaderas intenciones.

-“Para garantizar el espectáculo”, respondió el que parecía el jefe.

No había cinismo en la respuesta del oficial. “Garantizar el espectáculo” era una frase amplia, atravesada por las tensiones entre el poder militar y el mundo de la cultura.

Los tiempos eran duros. La dictadura estaba en su cenit, con el título del Mundial de Fútbol recién conseguido y la prensa totalmente cooptada. Salvo algunas excepciones, el periodismo estaba disciplinado y las empresas manipulaban las noticias arteramente. Los diarios no se cansaban de publicar noticias del estilo “extremista abatido en enfrentamiento” que enmascaraban fusilamientos y secuestros. La clase media miraba para otro lado. Empezaba a gozar la llamada “Plata Dulce” y popularizaba el tilingo “deme dos” argentino. El dólar barato se estaba financiando a través de una deuda externa cada vez más insostenible, pero en ese entonces la sociedad vivía entre la ceguera y la negación. Prefería el patético espejismo de Miami que asumir una realidad política y económica calamitosa, cuesta abajo.

Informe de inteligencia sobre la actuación de la Negra. Crédito: CPM - FONDO DIPPBA, División Central de Documentación, Registro y Archivo

Mercedes Sosa cargaba con su adhesión al Partido Comunista. Pese a que se hablaba de un pacto entre el gobierno de Videla y la Unión Soviética por la venta de granos, los artistas marxistas eran perseguidos. Por eso no sonó extraño el feroz alarido de guerra, xenófobo y destemplado, que profirió uno de los policías en el Almacén de San José cuando decidieron interrumpir el recital:

-“Callate negra de mierda… ¡Comunista!”

Mercedes Sosa acumulaba prepotencias desde 1975, cuando fue amenazada por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), un grupo parapolicial estatal de temer que había creado en democracia, durante la tercera presidencia de Perón, el ex policía José López Rega, un esotérico que tenía un poder insólito a la vera del viejo general.

A partir de ese apriete, la cantante vivió tres años de temor y discreción. Una suerte de tregua en la que sacó discos como Mercedes Sosa 76 y el fundamental álbum consagrado a la obra de Atahualpa Yupanqui, otro folklorista del PC en la lupa de los cancerberos ideológicos. Allí la Negra logró versiones insuperables de temas como Zambita de los pobres y Los hermanos.

Cada letra reverberaba fuerte en la época: ¿cómo se escuchaba la pregunta yupanquiana en la voz de Mercedes “¿Por qué la noche es tan larga? Guitarra, dímelo tú”? Eran pisadas sobre un campo minado. Siempre hubo al menos dos clases de folklore: el del peón y el del patrón. En ese momento se imponía un tipo de canción popular anclada en las derechas conservadoras. Mercedes Sosa respondía a otro proyecto estético e ideológico. Como dice el trabajo del investigador Agustín Tomás Mariani, El folklore en el año de la Guerra de Malvinas: “Desde 1973 y especialmente durante el gobierno de facto (1976-1983), los artistas del folklore ligados a la canción militante de ideas marxistas, de  la izquierda peronista u otras variantes, fueron perseguidos y censurados, y muchos de ellas tuvieron que exiliarse y autocensurarse para evitar la persecución. De este modo, el repliegue de una zona del campo del folklore dejó un vacío que fue ocupado por la vertiente más tradicionalista y nacionalista, a la vez que volvió a reforzar el paradigma clásico. Se trató de la instalación forzada de un orden policial, fundamentalmente a través de dispositivos del estado, que limita lo decible, lo escuchable, lo visible, las corporalidades”.

Cartel que perdura en una de sus fachadas

El Almacén de San José claramente respondía al folklore “del peón” y tensaba los límites de lo posible. Cristina Dorato estuvo a cargo del local desde 1973, y recordó en diversas oportunidades los zigzagueantes climas políticos que se vivían dentro de las cuatro paredes del boliche: desde la efervescencia de la breve primavera camporista hasta la infiltración de servicios. Por ahí actuaron Daniel Viglietti, Quilapayún, Víctor Heredia, Facundo Cabral, Chabuca Granda, Dúo Salteño, Los Andariegos, Los Trovadores, el Cuarteto Cedrón, los Zupay, Los Cinco del Norte, Los de Salta, Los Fronterizos, Los Hermanos Ábalos, Los Huanca Hua, Los Hermanos Cuesta, Quinteto Tiempo, Las Voces Blancas, Buenos Aires 8, Grupo Vocal Argentino, Grupo Pueblos, Los Quilla Huasi, Opus Cuatro, Cantoral, Los Nocheros de Anta, y tantos.  En los exultantes años del “qué lindo que va a ser el Hospital de Niños en el Sheraton Hotel”, Dorato debía palpar de armas a los que entraban para evitar un Ezeiza en el Almacén. Había desborde, mucho militante y represor armados. Como si fuera un guardarropa, les sacaba las pistolas y las pegaba con cinta scotch en un madera dentro de un cubículo. Luego, a la salida, devolvía cada arma.

Cristina Dorato, una de las dueñas del bar. Gentileza: Gabriela Hernández, La Pulseada

Ya en dictadura todo cambió, y muchos grupos pasaron a la clandestinidad. Los peligros acechaban con otro tenor. Los militares ejercieron sin empacho ni vacilaciones la suma del poder público. La noche de la detención de Mercedes funciona como una bisagra del local. “Nosotros no teníamos miedo pero pasamos muchas cosas -contó Dorato-. Un comisario después nos cuestionó cómo se nos ocurría traer a la ‘Negra’ Sosa y yo le dije ‘¿a quién quiere que traiga? La gente del folklore canta cosas del pueblo’. Había canciones prohibidas porque en la letra decían ‘villa miseria’. Para matizar traíamos bandas de jazz, como estrategia para no llamar demasiado la atención”. Era jugar al fleje, pequeños actos intrépidos, que se sumaba a lo que en Buenos Aires se desplegaba dentro del circuito de pubs, que aglutinaba cantautores y jazzeros. “Dos por tres venían y hacían allanamiento con listas para ver si había gente adentro… Nos temblaba todo porque podía estar cualquiera en esas listas…Después de lo de Mercedes nos clausuraron durante nueve meses así que trabajamos clandestinamente en distintos centros de estudiantes”, dijo Dorato a la revista La Pulseada.

El recital, según contaron los testigos, tuvo una efervescencia extraordinaria. Los archivos policiales desclasificados, con su ridículo léxico, funcionan en perspectiva como una crónica del show: “La mencionada artista, secundada por el guitarrista Nicolás Brizuela, siendo aproximadamente las 02.30 hs. dio comienzo a su actuación, interpretando canciones de las denominadas ‘de protesta’, cuya ejecución se encuentra legalmente prohibida por la vigencia de la ley 19.798. El detalle de las mismas es el siguiente: Cuando tenga la tierra, Plegaria a un labrador, Canción con todos, Duerme negrito, Cantor de oficio, Piedra y camino, La alabanza, Como la cigarra, La arenosa, Oración para la patria de uno, Canción de las simples cosas, Cantata sudamericana, Dale tu mano al indio y Canción para mi América (…)”.

Un tema emblemático de María Elena Walsh en el repertorio. Crédito: CPM - FONDO DIPPBA, División Central de Documentación, Registro y Archivo

Justamente el clima se puso intenso cuando, ante el pedido a viva voz del público, Mercedes cantó Cuando tenga la tierra, de Daniel Toro y Ariel Petrocelli. Luego, ya envalentonada, comenzó con los versos de Canción con todos (Armando Tejada Gómez-César Isella). El tema quedó trunco. La policía subió al escenario e interrumpió el show.

Fue una razzia espectacular.  Era tanta gente, que muchos fueron amontonados en el patio de la Comisaría Segunda. Mercedes Sosa estuvo casi un día entero adentro. “¿Por qué me detienen a mí? Sólo soy una madre argentina que le canta a su gente”, atinó a preguntar en voz alta, para que todos la escuchen.

Muchos años después se hicieron públicos informes de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, que hoy están archivados en la Comisión Provincial por la Memoria. Los textuales causarían risa si no hubiera corrido tanta sangre en operativos similares: “Al tenerse conocimiento que el día 21 de octubre del corriente año la cancionista folklórica Mercedes Sosa actuaría en el local denominado Almacén San José, sito en la intersección de las calles diagonal 74, 3 y 40 de esta ciudad, se dispuso un control encubierto que permitió constatar lo que a continuación se expone (…) Bajo la apariencia de festivales folklóricos-artístico, con intervención de Mercedes Sosa, se ha constatado la difusión de ideología marxista (…)”. Y así. Decía que se había incumplido la ley nacional de telecomunicaciones 19.798/72 y los artículos 1º y 2º de la ley 20.840/74 sobre “las actividades subversivas en todas sus manifestaciones”. El final del informe policial es extraordinario“Cabe señalar al respecto que cada canción entonada por la mencionada cancionista despertaba en los espectadores gran entusiasmo, siendo festejada y premiada su actuación con muchos aplausos”.

LO QUE NO MATA FORTALECE

La piel de Mercedes Sosa se volvió cada más gruesa, y ya en el exilio asordinó la melancolía con más y más trabajo. El periplo europeo fue una exhibición de su arte y, también, un período de aprendizaje. Huyó de su país como una cantante folklórica, agreste y expresiva, y en los escenarios del mundo se reconfiguró como una bandera, un emblema de los pueblos libres. Nunca fue una mera intérprete de canciones militantes. Su programa se asentaba en el repertorio del Nuevo Cancionero, cuyos integrantes, en su mayoría estaban encuadrados en el Partido Comunista, y tendía hacia un repertorio entre nuevo y tradicional, que incluía los trabajos conceptuales realizados junto a Félix Luna y Ariel Ramírez. Fue en el exilio donde volvió un clásico global su interpretación de Alfonsina y el mar. Tenía política su mensaje, pero esencialmente tenía poesía: rara vez Mercedes Sosa tropezó con la barricada. En Europa, la presentaban prácticamente como una luchadora callejera.

Hay que escuchar cómo la describían en cada entrevista, en cada especial de televisión, como el realizado en Lugano, Suiza, en 1980: “Nacida en Tucumán, escogida la mejor voz de la Argentina, y la voz del continente. Su deseo de cantar a la libertad para despertar la conciencia del pueblo latinoamericano. Una voz profunda, humana, potente que se muestra suave y dulce para expresar el dolor humano y el coraje de los oprimidos”. Era, por lo tanto, el rostro de una región asolada por la derecha dura; una cuña del mundo bipolar de la Guerra fría. Como Atahualpa Yupanqui y antes Violeta Parra, erraba por el mundo como vocera de las resistencias a las dictaduras.

Un recordatorio de la última presentación de Mercedes Sosa

Cuando regresó en febrero de 1982, en el famoso ciclo de conciertos del Teatro Opera, la acechaba cada uno de los recuerdos de aquella noche en El almacén San José.  La dictadura conservaba algo del poder de fuego de los años 70 y la presencia de Mercedes Sosa provocaba irritación entre los militares. Dicen que el coraje tiene que ver con la capacidad de convivir con el miedo. La Negra tenía mucho miedo. Había hecho una lista de requerimientos que no tenían tanto que ver con lo artístico o lo económico, sino con la seguridad. Cantó, como pudo, venciendo paso a paso los temores. Sobre el final, con Canción con todos, miró hacia un costado: esperaba tal vez el policía que a los gritos le había espetado “negra de mierda”, “comunista”. Pero solo vio gente conmovida, en llamas, y una alfombra de claveles rojos sobre el escenario.